LA PÁGINA WEB VAGAMUNDOS HA ORGANIZADO UN CONCURSO DE RELATOS DE VIAJES. COMO YA TENÍA MEDIO HECHO ALGO ASÍ COMO UN RELATO SOBRE MI ÚLTIMO VIAJE A ESTAMBUL (DOS BLOGS ANTES), LO HE MEDIO CONVERTIDO EN UN RELATO QUE MAS O MENOS DA EL PEGO.
SE SUPONE QUE NO DEBERÍA DECIR NADA HASTA QUE NO DIJESEN LOS GANADORES, PERO VAMOS, COMO NO VOY A GANAR PUES LO CUELG AQUÍ Y ME DAIS VUESTRA OPINIÓN (QUE PARA MI ES MUCHO MÁS VALIOSA QUE CUALQUIER OTRA)
Estambul
Por: Paula Simó Tomás
Son las cuatro de la mañana y suena el despertador. Es la alarma de la huida, una huida hacia Él, una huida de él.
Ella despierta, va al baño y las mariposas del estómago se comen el desayuno preparado la noche anterior.
Coge un taxi y llega al aeropuerto. Nueve horas de espera le separan de su destino. Ese destino implacable y feroz, que le duele cuando está en él, que le duele cuando está lejos.
Ya hace cuatro meses de la vez anterior y ella duda entre continuar como antes o perderse entre la gente.
Tarkan suena en el Ipod y vuelve a sentir esa punzada en el estómago. Es el comienzo de un ciclo, es el final de lo que una vez fue ‘’el todo’’. Un todo incierto que la distancia puso en su sitio, un todo entre comillas que no sabía estar (y es que, estando lejos, si se quiere, si se sabe, puedes llegar a tocarte, aunque solo sea un segundo. Pero él no sabía). Un todo perdido y lineal de no retorno, sin fin. Un todo con el que ella se sentía anulada, un todo de emociones inciertas que no le dejaban tener un yo.
El avión aterriza en el aeropuerto Atatürk. Recoge su mochila y sube al autobús, Havas, que se dirige a la Ciudad.
Y entonces, ella ve a Ella: su Ciudad, esa que un día le cogió, le arrastró y le empujó al abismo para segundos después, llevarle en brazos más allá del cielo. Se nota la primavera en el aire, en el color de las calles, en esa luz mágica.
Ellas eran lo mismo, siempre lo habían sido, un uno inseparable (tal vez por eso dolía más).
Decide darse un respiro antes del reencuentro. Taksim sigue igual que siempre; abarrotado de miles de caras y olores diferentes, de vendedoras de flores y simit, de niños limpiabotas y supuestos guías que paran a los turistas perdidos entre el alboroto.
El tráfico, abrumador, gira y gira en torno a la plaza, desviándose por las amplias avenidas que la rodean. Alguien que vende mazorcas de maiz grita ‘’Misir bir lira’’, y una chica acude a su llamada.
La calle Istiklal disimula su largura entre el gentío, y decenas de músicas diferentes se dispersan en el ambiente.
Se nota el oriente perdido, ese del que un día habló Pierre Loti, en cómo las grandes tiendas extranjeras han ocupado el entorno.
Hacia la derecha el barrio de Beyoglu; copado de preciosas callejuelas repletas de restaurantes y bares de copas. El mítico Pera Palas, todavía sumergido en unas reformas interminables, permanece solemne aun vacío por dentro. Cómo le gustaría a ella volver a entrar e imaginar a Agatha Cristie escribiendo en su habitación.
Retorna a Istiklal Cadessi por la calle Nevizade, diminuta e idílica en la resacosa tarde. El tranvía antiguo, lleva cuatro niños aferrados a su parte trasera, no tienen miedo a caerse debido a la lentitud con la que conduce el maquinista.
Ochenta Kurus abren la entrada del primer metro de Europa, Tünel, que se desliza con suavidad hasta Eminönü.
Nerviosa por dentro, triste por fuera, como su Ciudad, cruza el puente Gálata. Los pescadores recogen peces de sus anzuelos que directamente serán cocinados en los restaurantes del piso inferior.
El sol cae en el Haliç, y poco a poco los edificios se difuminan en tonos rojizos y ocres. Las aguas se tornan de un cobrizo brillante. Ella se estremece y llora.
Santa Sofía y la mezquita Azul continúan luchando, en pugna eterna, arrebatándose la una a la otra el título de emblema de la ciudad. A ella nunca le importó la lucha, las dos eran ganadoras.
La noche empezó a asomar y con ella la espera del amor perdido.
Y entonces le ve, de repente, sin avisar. Ella no estaba preparada, necesitaba un segundo más, un segundo para volver a jugar al escondite, un segundo para quererle de nuevo y luego, regresar al Él de siempre, a su Él escondido, su Él de silencios. Ella no estaba preparada para despedirse desde aquel primer instante.
Despedirse y el fin de un ciclo… todo aunado en un segundo interminable, inestable, un segundo de sonrisa partida. Un segundo de inseguridad camuflada en besos, maletas y abrazos.
Y es entonces, en ese momento de risas por fuera y llantos por dentro, cuando ella recupera el yo.